Serie · El tejo: una etnografía en cuatro entregas · 3/4
Antropología social“El que pierde paga”: las reglas que nadie escribió
En las canchas de Vélez no hay árbitros, ni reglamentos, ni marcador oficial. Y sin embargo todo el mundo sabe quién ganó, quién paga y quién manda. Un recorrido por dentro de la cancha: el orden invisible, las mujeres que no pidieron permiso y la cerveza como moneda social.

Daniela Cruz
11 de septiembre de 2026 · 12 min
Origen de este artículo
Este artículo nace de la investigación: Sociabilidad, identidad y consumo: una mirada etnográfica al tejo en el campo santandereano
Una cosa es hablar del tejo desde los documentos oficiales y los archivos del deporte. Otra muy distinta es vivirlo: sentir las manos embarradas, ensuciarse la ropa, escuchar y oler las mechas de cerca, sentir la tensión de las miradas antes de cada lanzamiento y rogar mentalmente que el tejo tome la dirección que uno espera.
Las dos entregas anteriores contaron la historia desde los archivos. Esta entra, por fin, a la cancha.
Bajar a donde Mirian y Marcos
Desde la finca de mis abuelos hay que bajar unos quince minutos por una trocha empinada. En temporada de lluvia el camino se vuelve barro espeso y resbaloso; en días secos, el polvo se levanta con cada paso. Al final de la pendiente está la cancha de doña Mirian y don Marcos, una pareja que lleva años sosteniendo, casi sin proponérselo, uno de los epicentros más activos de sociabilidad de la vereda Los Ejidos.
No es un escenario deportivo. Lo primero que uno ve es una caseta baja techada con zinc, donde doña Mirian guarda la cerveza. A un costado, bajo un techo sostenido por palos de madera, las dos canchas: cortas, improvisadas, siempre en uso. Entre una y otra, una mesa de madera vieja; de los palos cuelgan destapadores amarrados con cabuya. Detrás, un pastal donde caminan libremente los perros, las gallinas y uno que otro ternero.
El olor depende del clima: cuando llueve, la humedad de la tierra recién removida; cuando hace sol, un aroma a estiércol y cerveza tibia que se mezcla con el olor fuerte de la mecha quemada. Quién pensaría que unos triangulitos forrados en papel pudieran hacer tanto ruido: las explosiones retumban bajo el techo y el humo, la mayoría de las veces, es imposible de ignorar.
Aquí no hay una distancia clara entre lo público y lo privado. La cancha es parte de la casa y la casa es parte del juego: niños corriendo entre las piernas de los adultos, perros dormidos al borde del terreno, doña Mirian saliendo en chancletas con una nueva tanda de cervezas. Estas canchas no aparecen en Google Maps ni tienen placa, pero su ubicación es tan precisa para quienes viven aquí como la de cualquier institución.
Un orden que nadie escribió
El juego empieza antes del primer lanzamiento. Empieza en los saludos —“¡Buenas! ¿Aquí qué regalan?”, “¿Quién le juega a este pelao?”, “¿Hoy quién está rajando mechas?”—, en la manera como se reparte la cerveza, en las miradas que van formando los equipos sin que nadie dé una orden explícita.
Armar un “chico” —así se le dice en Vélez a una partida, que por lo general se juega a 21 puntos— no es reunir gente: es distribuir fuerzas. Quien organiza los equipos casi siempre es alguien con experiencia, que conoce las mañas y habilidades de todos y empareja para que haya emoción. “¡A ver, parejos los equipos, no se hagan los bobos!”, grita alguien con voz de mando.
Una tarde particularmente calurosa, los obreros que construían la placa huella de la vereda bajaron a jugar después del almuerzo, con las botas llenas de barro seco y las camisas empapadas. Uno lanzó con tal fuerza que reventó la mecha al primer intento. “¡Eso es con rabia, papá!”, gritó, levantando la cerveza. Otro aprovechó: “el que pierda, invita la otra ronda”. Jugaron tres chicos en una hora y se abrieron varias botellas. Nadie llevaba la cuenta exacta del marcador, pero todos sabían quién había ganado y quién debía pagar.
Esa escena resume el hallazgo central de este capítulo: en la cancha no hay árbitros, pero hay justicia. No hay reglamentos escritos, pero todos entienden cuándo se está rompiendo “la palabra”. La noción de justicia no está en la precisión matemática del conteo, sino en el acuerdo colectivo sobre cuándo es justo exigir, cuándo es tiempo de bromear y cuándo es mejor callar.
Y como en toda puesta en escena —Goffman decía que toda interacción social es una representación donde cada quien interpreta un rol—, en la cancha hay papeles: el que juega bien asume un lugar de respeto; el que pierde seguido, el de bufón; el que paga la ronda, el de anfitrión momentáneo. Y hay roles más silenciosos que también sostienen la escena: el que siempre trae la cerveza, el que prepara las mechas, el que no juega pero observa y suelta comentarios precisos. No participar en el juego no significa estar fuera de él.
Don Marcos encarna otra figura clave: la autoridad sin título. No es árbitro, es un “sabedor del juego”: alguien que por experiencia y legitimidad social media disputas, distribuye jugadores y decide cuándo vale un punto — sin necesidad de hablar mucho. Ese tipo de jerarquía no se impone: se encarna. Se gana con los años y se sostiene porque todos reconocen su papel, aunque nadie lo nombre.
“¿Usted sí sabe jugar?”
Ahora, la parte que me tocó vivir en carne propia.
“¿Usted sí sabe jugar?” “¿No quiere coger un tejo más pequeño?” “Vamos y buscamos unas canchas más pequeñas porque en estas ustedes no pueden.” “No monita, venga yo le ayudo a sacar ese tejo, va y se daña las uñas.”
Esas frases me las decían los hombres en Vélez cuando jugaba. En su momento no respondía nada: sonreía, lanzaba el tejo y seguía jugando como si no me importaran. En retrospectiva, puedo nombrarlas: no eran preguntas sobre mi puntería. Eran preguntas sobre mi lugar. ¿Qué hacía yo ahí, en un espacio que durante años ha estado mediado por cuerpos de hombres, por sus bromas, su fuerza y su forma de medir el mundo?
Recuerdo una tarde en que dos hombres discutían si me dejaban lanzar. Uno dijo entre risas: “¡Pero es que si ella juega, nos va a tocar jugar con cuidado!”. El otro respondió: “Déjela, a ver si de pronto le pega a algo”. Minutos después, uno me ofreció lanzar el primer tejo “para enseñarme” — con gesto paternalista, sin esperar que acertara, y con un remate: “usted con el brazo livianito no va a poder rajar ni una mecha”. Más que una ayuda, el ofrecimiento marcaba el terreno. Y frente a los otros hombres presentes, reafirmaba su propia posición: entre ellos, la validación no pasa por la fuerza explícita sino por la capacidad de controlar el entorno, de establecer límites, de reírse sin perder autoridad.
Las que no pidieron permiso
No lo entendí del todo hasta que vi a mi abuela Marta jugar.
Mi abuela rompió los moldes desde joven: trabajó desde niña, fue madre adolescente, tomó decisiones difíciles que la alejaron de relaciones violentas. Jugaba rana en tiendas de trago siendo adolescente, apostaba cerveza con sus hermanos, y ya en Bogotá su hermano la llevó a las canchas, donde se volvió buena, competía y se hacía respetar. A diferencia de muchas mujeres de su época, que vivieron bajo la sombra del juicio social, ella hizo del juego un acto de libertad. Fue ella quien me enseñó que el tejo también podía ser nuestro. Cuando volvimos juntas a Vélez durante el trabajo de campo, la gente la saludaba con afecto, contaba anécdotas, celebraba su presencia. Por eso en esta investigación su historia no es una nota al pie: es brújula.
Y no es la única. El 10 de junio de 2024, bajando por la vereda embarrada, me encontré con una escena que nunca había visto en el campo: tres mujeres lanzando tejos mientras sus esposos las observaban desde una esquina, tomando cerveza. Fue la única vez que vi jugar a doña Mirian. No era día de atención al público: era su espacio, por fin. Ellas jugaban, se reían, celebraban cada tiro. Ellos miraban en silencio, sin burlas ni interrupciones. Nadie lo anunció como un gesto político: lo era por sí mismo. Cuando terminó la partida, cada una me resumió en una palabra lo que significaba el tejo: “diversión”, “recocha”, “compartir”.
Las voces mayores confirman cuánto ha cambiado eso. Don Alberto, amigo cercano de mi abuela, me dijo algo que se me quedó grabado: “las mujeres eran mal vistas si jugaban tejo, era una vulgaridad”. Hoy observa que muchas juegan más que los hombres — una “liberación berraca”, como la llama. Y doña Lilia, que sostiene en la práctica las canchas de Tin Tin aunque el dueño oficial sea otro, me lo dijo desde su propia autoridad: “Antes, una mujer que jugara tejo era vista como ‘facilita’. Ahora ya no. Aquí me respetan porque saben cómo soy”. Ella decide cuándo alguien ha bebido de más, cuándo se cierra la cuenta, cómo se mantiene el ambiente. Hace parte activa del juego aunque no esté lanzando.
También hay que nombrar a las que no irrumpen: las mujeres que llegan como acompañantes, cuidan a los niños, atienden a los jugadores, recogen las botellas vacías. Al principio pensaba que debía ser aburrido estar ahí sin jugar. Hasta que entendí que no están ausentes: están presentes de otro modo, desde los márgenes, haciendo posible el espacio en sí.
Por eso, más que hablar de una cancha exclusiva de hombres, hay que hablar de una cancha en disputa. Sigue marcada por jerarquías, sí. Pero donde una mujer lanza un tejo y con ese gesto dice “aquí también estoy yo”, hay una grieta en el orden. Y esa grieta no desaparece al final del juego.
La cerveza como moneda
Segundo Ariza no es solo un personaje importante en esta investigación. Es mi papá. Nacido en Vélez, con una lista amplia de conocidos que me abrió puertas en el campo, fue mi compañía en las salidas — porque, para ser honesta, mi abuela y yo no nos sentíamos con la valentía de ir solas a las canchas a hablar con los hombres.
Aunque no siempre era él quien pagaba las rondas, mi papá asumía el papel de encargado tácito de la cuenta: era quien se acercaba a la caseta a preguntar cuánto se debía o quién había quedado debiendo la última tanda. Ese gesto, en apariencia pequeño, era una forma de organizar el consumo colectivo y de ejercer una autoridad que no necesitaba imponerse.
Un día me dijo una frase que lo resume todo: “Conocí las canchas de tejo cuando ya tenía en el bolsillo para gastar.” De niño sabía que el tejo era el refugio de los hombres adultos después de la jornada — su papá iba a tomar cerveza y a olvidar por un momento las obligaciones del campo—, pero entrar, lanzar o pedir una cerveza era de grandes. “Si ya se podía trabajar y ganar la plata, también se podía jugar y tomarse la cerveza.”
En Vélez, beber no es solo ingerir alcohol: es una forma de entrar en el juego y en la comunidad. Comprar, repartir, brindar: esos gestos definen quién pertenece. Se repite que “el que pierde paga”, pero mi papá me explicó que en sus encuentros entre hombres se acostumbra que el equipo que va ganando pague la siguiente ronda. Es decir: las reglas del pago son más flexibles de lo que parecen — y por eso mismo, más exigentes. Hay que saber leer los tiempos de la bebida, entender cuándo se paga por cortesía, por deuda o por orgullo. Hay que saber estar. Aprender a beber es tan importante como aprender a lanzar.
Su mirada también me enseñó a ver lo que yo no veía. Una vez, notando la rigidez de un jugador joven, me dijo en voz baja: “ese man está comportándose diferente porque hay mujeres; se quiere lucir”.
El guardián: don Oliver Fontecha
Subiendo por la sexta, la calle principal de Vélez, y unos quinientos metros más arriba, hay un establecimiento que parece una casa privada. Adentro: una bodega enorme construida por la propia familia, donde de las cuatro canchas originales quedan dos habilitadas. Son las canchas de don Oliver, con más de cuarenta años de trayectoria. “Mi papá fundó estas canchas hace cincuenta años, venían de Palo Blanco por amor al juego. Cuando yo era pequeño, él jugaba y yo lo veía. Uno desde chiquito se familiariza, le coge amor y termina metido en esto.”
Don Oliver reconoce que el tejo recreativo siempre ha estado ligado al trago — “la gente viene a jugar y a tomarse una cerveza” — pero marca una distancia que lo define: “Yo amo el juego por lo que es, no por vender cerveza.” En sus paredes no hay un solo aviso de Bavaria ni publicidad de bebidas, y no es descuido: es postura. Un rechazo explícito a la instrumentalización del juego por parte de las grandes cerveceras, que durante años patrocinaron y dotaron las canchas con mobiliario y publicidad.
Su crítica va más allá: “El tejo es el deporte autóctono de nuestro país. Pero si usted va a las ligas o a los torneos oficiales, allá no se bebe. Eso sí es tejo profesional. Lo de aquí es recreativo”. Y con cierto pesar: “Cuando se apuesta plata, el tejo pierde su esencia”.
Y luego, señalando una de las canchas vacías, la frase que me dejó pensando el resto del trabajo de campo:
“Hace 30 años estas canchas se llenaban todos los días. Hoy queda la mitad. Mis hijos no juegan. A los jóvenes ya no les interesa. Yo creo que con el tiempo esto se va a acabar.”
Lo que se juega en un chico
Si algo quedó claro en este recorrido, es que en una partida de tejo no se juegan solo los puntos ni la apuesta. Se juega el honor, el respeto, la pertenencia, la memoria. La cancha es un orden compartido que no está escrito en ninguna parte: se aprende, se encarna y se transmite. Y el tejo no se sostiene solo por la fuerza de la costumbre, sino por una red de relaciones, afectos y disputas que lo mantienen vivo.
Pero la advertencia de don Oliver queda abierta: ¿y si esto se acaba? La última entrega de esta serie responde con lo que encontré en el campo: las marranadas, los pactos entre dueños de canchas y las formas silenciosas en que una comunidad campesina decidió que el tejo no se deja morir.
Referencias de esta entrega
Goffman, E. (1959). The Presentation of Self in Everyday Life, sobre la interacción como representación. · Connell, R. (1995), sobre masculinidad hegemónica. · Segato, R. (2003), sobre los pactos de validación masculina. · Butler, J. (2007), sobre el género como performance. · Scott, J. (1996), sobre el género como categoría de análisis. · Rodríguez Menéndez (2007), sobre códigos de masculinidad. · Dietler, M. (2006), sobre alcohol e identidades sociales. · Gow, P. (2009), sobre embriaguez y cuerpo colectivo. · Mauss, M. (2006), sobre las técnicas del cuerpo.
Este artículo es una adaptación del Capítulo 2 de mi tesis de pregrado en Antropología (Universidad Externado de Colombia, 2025): “Olor a mecha y el amargor de la cerveza fría: un relato etnográfico del tejo en Vélez”. Puedes leer el documento completo en la sección de Investigación.

Sobre la autora
Daniela Cruz
Antropóloga social. Investiga comunidades, cultura y comportamiento humano, y traduce hallazgos etnográficos en ideas claras y utilizables.
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